Pues por usted, a partir de ahora buscaré los siempres en los jamases.
La belleza en este mundo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
"La lectura es la gimnasia del cerebro. El faro que alumbra el camino hasta el puerto de la razón. Un libro es, ante todo, una brújula que evita que nos desorientemos en el vasto territorio de la vida."
La bailarina y el inglés, Emilio Calderón.
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viernes, 23 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Pensando en eso esta noche, con el corazón y el estómago hechos papillas, me digo que a fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo,
Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al día pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero "nunca más". El caso es que uno siempre tiene la ilusión de que controla lo que ocurre; nada nos parece definitivo. Por mucho que me dijera estas últimas semanas que pronto me iba a suicidar, ¿de verdad lo creía? ¿De verdad me hacía sentir esta decisión el significado de la palabra "nunca"? En absoluto. Me hacía sentir mi poder de decidir. Y pienso que, unos segundos antes de matarme, ese "nunca más" habría seguido siendo una palabra vacía. Pero cuando alguien a quien se quiere muere... entonces de verdad os digo que uno siente lo que significa, y hace mucho, mucho, mucho daño. Es como un castillo de fuegos artificiales que se apagara de golpe y todo quedara negro. Me siento sola, enferma, me duele el corazón y cada movimiento me cuesta esfuerzos titánicos.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
¿Quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desesperación? Quizás estar vivo sea esto: Perseguir instantes que mueren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
Señoras.
Señoras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, actúen en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinción que tales circunstancias requieren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Señoras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, actúen en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinción que tales circunstancias requieren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
¿Qué guerra es esta que combatimos, seguros de nuestra derrota? Aurora tras aurora, extenuados ya de todas las batallas que aún están por venir, nos acompaña el espanto del día a día, ese pasillo sin fin que, en las horas postreras, será nuestro destino por haberlo recorrido tantas veces. Sí, ángel mío, así es el día a día: tedioso, vacío y anegado en desdicha. Las calles del infierno no le son nada ajenas; uno acaba allí un buen día por haber permanecido en ese pasillo demasiado tiempo. De una pasillo a las calles: entonces acontece la caída, sin sacudidas ni sorpresas. Cada día volvemos a experimentar la tristeza del pasillo y, paso tras paso, seguimos el camino de nuestra lúgubre condena.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
Sí, ángel mío, sí que puedo. En las calles del infierno, bajo el diluvio, sin aliento y con el corazón en los labios, una tenue luz: son camelias.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
Y, de repente, caigo en la cuenta de que estoy sentada en mi cocina, en París, en ese otro mundo en cuyo seno he cavado mi pequeño nicho invisible y con el que me he guardado muy mucho de mezclarme, y que lloro a lágrima viva mientras una niña de mirada prodigiosamente cálida sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia con dulzura los dedos.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
De taciturna me convertí pues en clandestina.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
Pero ¿qué era lo magnífico? Yo no daba crédito: no era más que un capullo de rosa en el extremo de un tallo que acababa de caer sobre la encimera. ¿Entonces?
Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inmóvil, que había concluido su caída. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Oh, claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer con un movimiento grácil. Es tan artístico: ¡dan ganas de pintarlo una y otra vez!
La elegancia del erizo, Muriela Barbery.
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La elegancia del erizo
El movimiento, este fenómeno que uno cree que es algo espacial...
Pero al mirar este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la belleza.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Pero al mirar este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la belleza.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalitos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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La elegancia del erizo
En el calor de la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me había sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hacía meses. Sabía que una oleada inesperada de energía lo había hecho levantarse de la cama, le había dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de que una vez más compartiéramos ese placer conyugal, y sabía también que era señal de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero me importaba y sólo quería disfrutar de aquello, de esos instantes que le robábamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la mía y de las vibraciones de placer que nos recorrían a ambos porque, a Dios gracias, era una película cuyo sabor podíamos compartir.
Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semana más todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que narraba una historia.
Yo lo acepté.
La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semana más todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que narraba una historia.
Yo lo acepté.
La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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lunes, 12 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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sábado, 10 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el "hacia".
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