¿Pero qué es la decencia? ¿Negar todo lo que uno quiere verdaderamente?
Como agua para chocolate, Laura Esquivel.
"La lectura es la gimnasia del cerebro. El faro que alumbra el camino hasta el puerto de la razón. Un libro es, ante todo, una brújula que evita que nos desorientemos en el vasto territorio de la vida."
La bailarina y el inglés, Emilio Calderón.
sábado, 16 de junio de 2012
Como agua para chocolate
"Estar como agua para chocolate": es decir, a punto de explotar de rabia o de pasión amorosa.
Como agua para chocolate, Laura Esquivel.
Como agua para chocolate, Laura Esquivel.
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Laura Esquivel
No pidas sardinas fuera de temporada
Sin amor somos como barcos en la oscuridad.
No pidas sardinas fuera de temporada, A. Martín y J. Ribera.
No pidas sardinas fuera de temporada, A. Martín y J. Ribera.
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A. Martín,
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No pidas sardinas fuera de temporada
Amante despierto.
Hasta que tú me encontraste, estaba muerto aunque respiraba. Estaba ciego aunque podía ver. Y luego llegaste... y desperté.
Amante despierto, J. R. Ward.
Amante despierto, J. R. Ward.
Amante despierto.
A veces toda tu vida puede colgar de un hilo, o de una fracción de segundo. O de un golpe en la puerta.
Amante despierto, J. R. Ward.
Amante despierto, J. R. Ward.
Amante despierto
A veces hay que empezar volviendo al punto de partida.
Amante despierto, J.R. Ward.
Latidos
La primera punzada de amor es como una puesta de sol, una explosión de color: naranjas, rosas irisados, morados vibrantes...
Latidos, Anna Godbersen.
Latidos, Anna Godbersen.
Latidos
Eso era. Así debía de ser. Un beso debía bajarte hasta los dedos de los pies y hacerlos bailar, solo un poquito.
Latidos, Anna Godbersen.
Latidos, Anna Godbersen.
domingo, 11 de marzo de 2012
Leyendas: La ajorca de oro.
- No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede aun concebir.
Leyendas: La ajorca de oro, Gustavo Adolfo Béquer.
Leyendas: La ajorca de oro, Gustavo Adolfo Béquer.
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Leyendas: La ajorca de oro
Leyendas: La ajorca de oro.
Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoces freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentra martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo para la expiación de una culpa.
Leyendas: La ajorca de oro, Gustavo Adolfo Bécquer.
Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoces freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentra martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo para la expiación de una culpa.
Leyendas: La ajorca de oro, Gustavo Adolfo Bécquer.
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Leyendas: La ajorca de oro
Amante vengado.
Los componentes de la mentira siempre eran los mismo: la verdad objetiva era deformada, o escondida o completamente suplantada, con el propósito de engañar. Pero lo más turbio eran las motivaciones que se escondían tras esas falsificaciones.
Amante vengado, J. R. Ward.
Amante vengado, J. R. Ward.
Amante vengado.
Pero de vez en cuando, como por arte de magia, alguien lograba llegar hasta el fondo de tu alma y cambiaba tu forma de verte a ti mismo. SI tenías suerte, era tu pareja... y la trasformación te recordaba nuevamente que estabas con la persona correcta: porque lo que esa persona decía no te tocaba por venir de donde venía, sino por el contenido del mensaje.
Amante vengado, J. R. Ward.
Amante vengado, J. R. Ward.
Amante vengado.
- ¿Ehlena? Ehlena... ¿Estás ahí, Ehlena?
Más tarde, mucho más tarde, ella pensaría que esas tres palabras habían sido el precipicio desde el que había saltado: "¿Estás ahí, Ehlena?".
Realmente esas tres palabras fueron el comienzo de todo lo que siguió, el punto de partida de un viaje desgarrador, disfrazado bajo la forma de una sencilla pregunta.
Y Ehlena se alegró de no saber adónde la llevaría. Porque a veces lo único que te ayuda a salir del infierno es que ya estás demasiado hundida para sumergirte más.
Amante vengado, J. R. Ward.
Más tarde, mucho más tarde, ella pensaría que esas tres palabras habían sido el precipicio desde el que había saltado: "¿Estás ahí, Ehlena?".
Realmente esas tres palabras fueron el comienzo de todo lo que siguió, el punto de partida de un viaje desgarrador, disfrazado bajo la forma de una sencilla pregunta.
Y Ehlena se alegró de no saber adónde la llevaría. Porque a veces lo único que te ayuda a salir del infierno es que ya estás demasiado hundida para sumergirte más.
Amante vengado, J. R. Ward.
Amante vengado.
El sonido de la voz de Ehlena en su oído hizo algo que no habían podido hacer ni el agua hirviendo, ni la manta de visón, ni la extravagante temperatura a la que mantenía el termostato. Una sensación de calidez se difundió por su pecho, superando el entumecimiento y el frío y llenándolo de... vida.
Amante vengado, J.R. Ward.
Amante vengado, J.R. Ward.
martes, 21 de febrero de 2012
Sinsajo.
Así que, después cuando me susurra:
- Me amas. ¿Real o no?
Yo respondo:
- Real.
Sinsajo, Suzanne Collins.
- Me amas. ¿Real o no?
Yo respondo:
- Real.
Sinsajo, Suzanne Collins.
Sinsajo.
- Tu color favorito... ¿es el verde?
- Sí -respondo, y entonces se me ocurre algo que añadir-. Y el tuyo es el naranja.
-¿Naranja? -repite él, poco convencido.
-No el naranja chillón, sino el suave, como una puesta de sol -respondo-. Al menos, eso me dijiste una vez.
-Ah -responde él, y cierra los ojos un momento, quizá para intentar imaginar esa puesta de sol; después asiente-. Gracias.
Pero me salen más palabras.
- Eres pintor. Eres panadero. Te gusta dormir con las ventanas abiertas. Nunca le pones azúcar al té. Y siempre le haces dos nudos a los cordones de los zapatos.
Después me meto en la tienda antes de hacer alguna estupidez, como llorar, por ejemplo.
Sinsajo, Suzanne Collins.
- Sí -respondo, y entonces se me ocurre algo que añadir-. Y el tuyo es el naranja.
-¿Naranja? -repite él, poco convencido.
-No el naranja chillón, sino el suave, como una puesta de sol -respondo-. Al menos, eso me dijiste una vez.
-Ah -responde él, y cierra los ojos un momento, quizá para intentar imaginar esa puesta de sol; después asiente-. Gracias.
Pero me salen más palabras.
- Eres pintor. Eres panadero. Te gusta dormir con las ventanas abiertas. Nunca le pones azúcar al té. Y siempre le haces dos nudos a los cordones de los zapatos.
Después me meto en la tienda antes de hacer alguna estupidez, como llorar, por ejemplo.
Sinsajo, Suzanne Collins.
Sinsajo.
Me pongo de pie, vuelvo a los árboles y apoyo la mano en el rugoso tronco del arce en el que están los pájaros. No he cantado El árbol del ahorcado en voz alta desde hace diez años porque está prohibido, pero recuerdo todas las palabras. Empiezo en voz baja, dulce, como hacía mi padre.
¿Vas, vas a volver
al árbol en el que colgaron
a un hombre por matar a tres?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los sinsajos empìezan a cambiar sus canciones al darse cuenta de mi nuevo ofrecimiento.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde el hombre muerto
pidió a su amor huir con él?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Ya he captado la atención de los pájaros. Sólo tardarán otra estrofa en entender la melodía, ya que es sencilla y se repite cuatro veces sin mucha variación.
¿Vas, vas a volver
al árbol donde te pedí huir
y en libertad juntos correr?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los árboles callan, sólo se oye el susurro de las hojas con la brisa, pero nada de pájaros, ni sinsajos ni otros. Peeta tiene razón: guardan silencio cuando canto, igual que hacían con mi padre.
¿Vas, vas a volver
al árbol con un collar de cuerda
para conmigo pender?
Cosas extrañas pasaron en él,
no más extraño sería
en el árbol del ahorcado reunirnos al anochecer.
Los pájaros esperan a que siga, pero ya está, última estrofa.
Sinsajo, Suzanne Collins.
El vals lento de las tortugas.
- ¿Y existe alguna otra cosa que te hayas jurado tener? - preguntó sintiendo que aquel momento era precioso, que ella había bajado la guardia.
- Sí - respondió ella, sin temblar, sabiendo perfectamente a qué se refería él, pero rechazando responderle.
No dejaban de mirarse fijamente.
- ¿Como qué?
- Not your business!
- Sí. Dímelo...
Él esbozó una sonrisita enigmática, como si reconociera que ella podría tener razón, pero que el asunto no estaba todavía resuelto. Ni mucho menos. Siguió después un minuto de gran solemnidad que les llevó a un terreno en el que todavía no habían entrado nunca: el del abandono. Se analizaban el interior del alma, el terciopelo del corazón y podían decirse, aunque sin pronunciar palabra, lo que pensaban exactamente. Se lo dijeron con los ojos. Como si aquello no existiera o debiera existir todavía. Bailaron dos pasos de tango con ese terciopelo del corazón, se besaron dulcemente en la boca del alma, y después volvieron al ruido de los coches en la calle y los peatones que perdían su donut al correr.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
- Sí - respondió ella, sin temblar, sabiendo perfectamente a qué se refería él, pero rechazando responderle.
No dejaban de mirarse fijamente.
- ¿Como qué?
- Not your business!
- Sí. Dímelo...
Él esbozó una sonrisita enigmática, como si reconociera que ella podría tener razón, pero que el asunto no estaba todavía resuelto. Ni mucho menos. Siguió después un minuto de gran solemnidad que les llevó a un terreno en el que todavía no habían entrado nunca: el del abandono. Se analizaban el interior del alma, el terciopelo del corazón y podían decirse, aunque sin pronunciar palabra, lo que pensaban exactamente. Se lo dijeron con los ojos. Como si aquello no existiera o debiera existir todavía. Bailaron dos pasos de tango con ese terciopelo del corazón, se besaron dulcemente en la boca del alma, y después volvieron al ruido de los coches en la calle y los peatones que perdían su donut al correr.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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Katherine Pancol
El vals lento de las tortugas.
Tenía el pelo rubio muy fino, la piel pálida, un carmín oscuro que dejaba marcas en su vaso. Parecía una guirnalda de besos rojo sangre. Bebía una cerveza tras otra. Encadenaba los cigarrillos.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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Katherine Pancol
El vals lento de las tortugas.
- Mi querida Hortense - le había ducho Gary un día que bajaban Oxford Street -, deberías ir a psicoanalizarte, eres un mostruo.
- ¿Porque digo lo que pienso?
- ¡Porque te atreves a pensar lo que piensas!
- Ni hablar, perdería mi creatividad. No puedo convertirme en un ser normal, ¡quiero ser una neurótica genial como mademoiselle Chanel! ¿Acaso crees que ella fue a psicoanalizarse?
- No lo sé, pero me voy a informar.
- Tengo mis defectos, los conozco, los comprendo y me los perdono. Punto final. Cuando no haces trampas contigo mismo, tienes respuestas para todo. Es la gente que se monta películas la que va a tumbarse ante un psicólogo. Yo me asumo. Me quiero. Creo que soy una chica formidable, guapa, inteligente, dotada. No vale la pena que me esfuerce para gustar a los demás.
- Lo que yo decía: eres un monstruo.
- ¿Puedo decirte algo, Gary? He visto tantas veces cómo embaucaban a mi madre, que me he jurado embaucar al mundo entero antes de que me toque un solo pelo.
- Tu madre es una santa y no merece tener una hija como tú.
- ¡Una santa que ha hecho que me horroricen la bondad y la caridad! Me ha servido de psicólogo inverso: me ha instalado en todas mi neurosis. Y de hecho se lo agradezco, sólo afirmándose diferente, resultantemente diferente y liberada de todo sentimiento, se tiene éxito.
- ¿Éxito en qué, Hortense?
- Avanzas, no pierdes el tiempo, te liberas, reinas y ganas mucho dinero haciendo lo que quieres. Como mademoiselle Chanel, te digo. Cuando haya tenido éxito. me convertiré en humana. Será mi hobby, una ocupación deliciosa.
- Será demasiado tarde. Estarás sola, sin amigos.
- Eso es fácil de decir para ti. Has nacido con un juego de cucharitas de oro en la boca. A mí me toca remar, remar y remar...
- ¡No tienes muchos callos en las manos para ser una remera!
- Los callos los tengo en el alma.
- ¿Tienes alma? Es bueno saberlo.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
- ¿Porque digo lo que pienso?
- ¡Porque te atreves a pensar lo que piensas!
- Ni hablar, perdería mi creatividad. No puedo convertirme en un ser normal, ¡quiero ser una neurótica genial como mademoiselle Chanel! ¿Acaso crees que ella fue a psicoanalizarse?
- No lo sé, pero me voy a informar.
- Tengo mis defectos, los conozco, los comprendo y me los perdono. Punto final. Cuando no haces trampas contigo mismo, tienes respuestas para todo. Es la gente que se monta películas la que va a tumbarse ante un psicólogo. Yo me asumo. Me quiero. Creo que soy una chica formidable, guapa, inteligente, dotada. No vale la pena que me esfuerce para gustar a los demás.
- Lo que yo decía: eres un monstruo.
- ¿Puedo decirte algo, Gary? He visto tantas veces cómo embaucaban a mi madre, que me he jurado embaucar al mundo entero antes de que me toque un solo pelo.
- Tu madre es una santa y no merece tener una hija como tú.
- ¡Una santa que ha hecho que me horroricen la bondad y la caridad! Me ha servido de psicólogo inverso: me ha instalado en todas mi neurosis. Y de hecho se lo agradezco, sólo afirmándose diferente, resultantemente diferente y liberada de todo sentimiento, se tiene éxito.
- ¿Éxito en qué, Hortense?
- Avanzas, no pierdes el tiempo, te liberas, reinas y ganas mucho dinero haciendo lo que quieres. Como mademoiselle Chanel, te digo. Cuando haya tenido éxito. me convertiré en humana. Será mi hobby, una ocupación deliciosa.
- Será demasiado tarde. Estarás sola, sin amigos.
- Eso es fácil de decir para ti. Has nacido con un juego de cucharitas de oro en la boca. A mí me toca remar, remar y remar...
- ¡No tienes muchos callos en las manos para ser una remera!
- Los callos los tengo en el alma.
- ¿Tienes alma? Es bueno saberlo.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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El vals lento de las tortugas.
¿Y qué se hace cuando el amor cava un agujero en el corazón, un agujero tan grande que parece de obús, tan grande que se podría ver el cielo a través?, se preguntaba Joséphine de camino a su cita con Luca. ¿Quién podrá decirme lo que siente por mí? No me atrevo a decirle "le quiero", tengo miedo de que sea una palabra demasiado importante. Sé muy bien que en mis "le quiero" hay un "¿me quiere usted?" que no me atrevo pronunciar, por miedo a que se aleje con las manos en los bolsillos de su parka. ¿Una mujer enamorada es forzosamente una mujer inquieta, dolorida?
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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El vals lento de las tortugas.
- Qué guapa eres - sonrió Joséphine revolviendo el pelo de Zoé -. Deberías cepillarte el pelo, se te va a enredar.
- Me gustaría ser un koala... Así no tendría que peinarme.
- ¡Ponte recta!
- ¡La vida es dura cuando no se es un koala! - suspiró Zoé incorporándose.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
- Me gustaría ser un koala... Así no tendría que peinarme.
- ¡Ponte recta!
- ¡La vida es dura cuando no se es un koala! - suspiró Zoé incorporándose.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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Katherine Pancol
El vals lento de las tortugas.
- Mamá, no quiero ser mayor. A veces tengo mucho miedo, ¿sabes?...
- ¿De qué?
- No lo sé. Y eso me da más miedo aún.
Su reflexión era tan exacta que asustó a Joséphine.
- Mamá..., ¿cómo se sabe cuando una es adulta?
- Cuando se es capaz de tomar una decisión muy importante completamente sola, sin preguntar nada a nadie.
- Tú eres adulta... ¡Eres incluso muy, muy adulta!
A Joséphine le hubiese gustado decirle que ella dudaba a menudo, que dejaba actuar a la suerte, al azar, al futuro.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
- ¿De qué?
- No lo sé. Y eso me da más miedo aún.
Su reflexión era tan exacta que asustó a Joséphine.
- Mamá..., ¿cómo se sabe cuando una es adulta?
- Cuando se es capaz de tomar una decisión muy importante completamente sola, sin preguntar nada a nadie.
- Tú eres adulta... ¡Eres incluso muy, muy adulta!
A Joséphine le hubiese gustado decirle que ella dudaba a menudo, que dejaba actuar a la suerte, al azar, al futuro.
El vals lento de las tortugas, Katherine Pancol.
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Katherine Pancol
sábado, 14 de enero de 2012
Numbers
Quería decirle que lo sabía. Que todo había pasado como yo creía que pasaría, tan rápido que no pude detenerlo y a la vez tan lento que parecía que cada momento llevaba inevitablemente al siguiente. Tantas oportunidades de hacer algo diferente, de cambiar lo establecido... Lo había reproducido en mi mente un millón de veces. Debería haberlo mantenido en un sitio seguro.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
¿Alguien se puede imaginar lo que es oír esas palabras? ¿Oír que la persona que amas te diga que te ama también? Si hay alguien que no lo sepa, espero que lo experimente algún día.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
¿Cuánta agente llega a conocer a la persona con la que está destinada a estar? Si nos manteníamos dentro, lejos de cualquier cosa que pudiera hacernos daño, tal vez consiguiéramos burlar los números.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
No puedo soportar a los hombres que lloran. No está bien, ¿a que no? Sus caras no están hechas para eso; se arrugan de una manera extraña y duele mirarlas.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
Me hervía la sangre. Sí, me gustaba. Pensaba en él cada minuto de cada día. Me dolía estar sin él. Le quería. Todas esas cosas que no podía decir a nadie, excepto, tal vez, a él.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
Contuve la respiración; sí, es algo estúpido, pero cuando estás entre la espada y la pared no siempre piensas con lógica.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
Era uno de esos días grises de octubre en los que parece que nunca acaba de amanecer. No llovía, pero la lluvia estaba ahí, en el aire, en las caras, emborronándolo todo. Podía sentirla calando la sudadera y la capucha, haciendo que se me enfriaran los hombros y la parte de arriba de la espalda.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers
Hay lugares adonde van los chicos como yo. Chicos tristes, malos, aburridos, solitarios, chicos diferentes. Se nos puede encontrar allí cualquier día de la semana si se sabe dónde buscar: detrás de las tiendas, en callejones, bajo los puentes a la orilla de canales o ríos, tras los garajes, en cobertizos o en descampados. Somos miles. Si se nos quiere enocntrar, claro... La mayoría de la gente no quiere.
Numbers, Rachel Ward.
Numbers, Rachel Ward.
jueves, 12 de enero de 2012
Eragon
- ¿Podríais decirnos cuál es la casa de Jeod?
- Sí, podría - respondió sin dejar de escribir.
- ¿Y nos lo diréis?
- Sí.
Pero se quedó en silencio mientras escribía más deprisa.
La rana que tenía en la mano croó y los miró con ojos torvos. Brom y Eragon esperaron incómodos, pero la mujer no dijo nada más. Eragon estaba a punto de soltar algo, cuando Angela levantó la vista.
- ¡Por supuesto que os lo diré! Lo único que tenéis que hacer es preguntarlo. La primera pregunta fue si "podría" o no decirlo, y la segunda, si lo "haría". Pero en realidad no me habéis hecho la pregunta.
- Pues dejadme que os la haga adecuadamente- dijo Brom con una sonrisa -. ¿Donde vive Jeod? ¿Y por qué tiene usted una rana?
- Bueno, ahora sí que nos entendemos - bromeó la mujer-. La casa de Jeod es la de la derecha. En cuanto a la rana... (bien, en realidad es un sapo) estoy intentando demostrar que los sapos no existen... que sólo hay ranas.
- ¿Cómo es posible que no existan los sapos si ahora mismo tenéis uno en la mano derecha? - interrumpió Eragon -. Además, ¿para qué sirve demostrar que sólo hay ranas?
La mujer movió la cabeza con fuerza y los oscuros rizos rebotaron.
- No, no, no comprendéis. Si demuestro que los sapos no existen, entonces este bicho es una rana y nunca fue un sapo. Por lo tanto, el sapo que ves ahora no existe. Y - levantó el meñique - si demuestro que sólo hay ranas, los sapos no podrás hacer nada malo, como provocar que se caiga un diente, que salgan verrugas, o envenenar y matar a las personas. Además, las brujas no podrán usar ninguno de sus hechizos porque, naturalmente, no habrá ningún sapo.
- Comprendo - dijo Brom con delicadeza.
Eragon, Christopher Paolini.
- Sí, podría - respondió sin dejar de escribir.
- ¿Y nos lo diréis?
- Sí.
Pero se quedó en silencio mientras escribía más deprisa.
La rana que tenía en la mano croó y los miró con ojos torvos. Brom y Eragon esperaron incómodos, pero la mujer no dijo nada más. Eragon estaba a punto de soltar algo, cuando Angela levantó la vista.
- ¡Por supuesto que os lo diré! Lo único que tenéis que hacer es preguntarlo. La primera pregunta fue si "podría" o no decirlo, y la segunda, si lo "haría". Pero en realidad no me habéis hecho la pregunta.
- Pues dejadme que os la haga adecuadamente- dijo Brom con una sonrisa -. ¿Donde vive Jeod? ¿Y por qué tiene usted una rana?
- Bueno, ahora sí que nos entendemos - bromeó la mujer-. La casa de Jeod es la de la derecha. En cuanto a la rana... (bien, en realidad es un sapo) estoy intentando demostrar que los sapos no existen... que sólo hay ranas.
- ¿Cómo es posible que no existan los sapos si ahora mismo tenéis uno en la mano derecha? - interrumpió Eragon -. Además, ¿para qué sirve demostrar que sólo hay ranas?
La mujer movió la cabeza con fuerza y los oscuros rizos rebotaron.
- No, no, no comprendéis. Si demuestro que los sapos no existen, entonces este bicho es una rana y nunca fue un sapo. Por lo tanto, el sapo que ves ahora no existe. Y - levantó el meñique - si demuestro que sólo hay ranas, los sapos no podrás hacer nada malo, como provocar que se caiga un diente, que salgan verrugas, o envenenar y matar a las personas. Además, las brujas no podrán usar ninguno de sus hechizos porque, naturalmente, no habrá ningún sapo.
- Comprendo - dijo Brom con delicadeza.
Eragon, Christopher Paolini.
Eragon
- El tiempo no se detiene, y los años pasan, queramos o no... pero nos queda el recuerdo. Y aquello que parece perdido, puede que aún perviva en la memoria. Lo que escucharéis a continuación será imperfecto y fragmentado, pero guardadlo como un tesoro porque sólo lo sabréis vosotros. Os contaré ahora un recuerdo olvidado que ha quedado oculto en la soñadora bruma de nuestro pasado.
Eragon, Christopher Paolini.
Eragon, Christopher Paolini.
No es un crimen enamorarse
No es un crimen enamorarse. Eso pensaba yo, pero no estoy nada convencido. Si supieseis cómo ha cambiado mi vida, seguro que no os gustaría meteros en un asunto de ese tipo.
Yo no he podido elegir.
Hasta entonces - es decir, hasta hace unas semanas - era un chico bastante feliz. Digamos que sin problemas. Ahora es distinto, porque toda esa vida aceptable y cómoda se ha venido abajo por algo increíble: me he enamorado.
No me preguntéis cómo ha sido, porque así, tan a lo bestia, es la primera vez que me sucede; y dudo mucho que alguien pueda caer, al menos voluntariamente, en este confuso estado.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
Yo no he podido elegir.
Hasta entonces - es decir, hasta hace unas semanas - era un chico bastante feliz. Digamos que sin problemas. Ahora es distinto, porque toda esa vida aceptable y cómoda se ha venido abajo por algo increíble: me he enamorado.
No me preguntéis cómo ha sido, porque así, tan a lo bestia, es la primera vez que me sucede; y dudo mucho que alguien pueda caer, al menos voluntariamente, en este confuso estado.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
No es un crimen enamorarse
Enamorarse no será un crimen, pero es criminal. Se pasa muy mal, eres incapaz de concentrarte en cualquier cosa (ni siquiera puedes jugar al parchís). Se tiene la cabeza ocupada todo el tiempo con una misma imagen, como si estuvieras hipnotizado. Se pierde el tiempo miserablemente. El corazón se bambolea como si cobijara una boa constrictor... Y no estoy seguro de que enamorarse sea un valor en alza.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
No es un crimen enamorarse
Mi plan, que parecía infalible, y eso que no se lo había copiado a nadie, seguía su curso. Ni en las películas ni en las novelas que tengo hubo nunca un caso parecido. Mi cerebro, cuando se pone a funcionar a tope, me sorprende a mí mismo. Hercule Poirot se sentiría ofendido — ya que es incapaz de admirar a nadie — al toparse con alguien con tantas célula grises como yo.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
No es un crimen enamorarse
No he nacido para criminal, lo tengo claro. Tampoco para enamorado. Aun así, me estaba rindiendo demasiado pronto. Si os dijera que desanimarme y abandonar no es una de mis características, deberíais creerme, aunque os advierto que, desde lo de Pilar, ya no me sorprende nada de mí mismo.
He llegado a la conclusión de que no me conozco.
La gran duda es saber quién soy realmente: si he vivido engañado todos estos años (desde que tengo uso de razón), o es precisamente ahora cuando estoy viviendo un espejismo. No lo sé y la verdad es que no se puede hacer nada por mí. Nadie me puede ayudar. No tengo solución.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
He llegado a la conclusión de que no me conozco.
La gran duda es saber quién soy realmente: si he vivido engañado todos estos años (desde que tengo uso de razón), o es precisamente ahora cuando estoy viviendo un espejismo. No lo sé y la verdad es que no se puede hacer nada por mí. Nadie me puede ayudar. No tengo solución.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
¿Es todo esto algo normal o debería estar en tratamiento?
Lo dicho: no creo que un asesino se sintiera tan mal.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
Lo dicho: no creo que un asesino se sintiera tan mal.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
En verdad yo era una víctima, pero me sentía como si fuese el asesino.
No es un crimen enamorarse, aunque en algunos casos (como el mío, que no tiene remedio) es peor.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
No es un crimen enamorarse, aunque en algunos casos (como el mío, que no tiene remedio) es peor.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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No es un crimen enamorarse
Pero todo tiene su resplandor, y después llega la decadencia.
A mí me llegó prematuramente. Ya era un caso perdido.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
A mí me llegó prematuramente. Ya era un caso perdido.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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viernes, 23 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Pues por usted, a partir de ahora buscaré los siempres en los jamases.
La belleza en este mundo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La belleza en este mundo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo
Pensando en eso esta noche, con el corazón y el estómago hechos papillas, me digo que a fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo,
Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al día pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero "nunca más". El caso es que uno siempre tiene la ilusión de que controla lo que ocurre; nada nos parece definitivo. Por mucho que me dijera estas últimas semanas que pronto me iba a suicidar, ¿de verdad lo creía? ¿De verdad me hacía sentir esta decisión el significado de la palabra "nunca"? En absoluto. Me hacía sentir mi poder de decidir. Y pienso que, unos segundos antes de matarme, ese "nunca más" habría seguido siendo una palabra vacía. Pero cuando alguien a quien se quiere muere... entonces de verdad os digo que uno siente lo que significa, y hace mucho, mucho, mucho daño. Es como un castillo de fuegos artificiales que se apagara de golpe y todo quedara negro. Me siento sola, enferma, me duele el corazón y cada movimiento me cuesta esfuerzos titánicos.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
¿Quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desesperación? Quizás estar vivo sea esto: Perseguir instantes que mueren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
Señoras.
Señoras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, actúen en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinción que tales circunstancias requieren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Señoras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, actúen en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinción que tales circunstancias requieren.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
¿Qué guerra es esta que combatimos, seguros de nuestra derrota? Aurora tras aurora, extenuados ya de todas las batallas que aún están por venir, nos acompaña el espanto del día a día, ese pasillo sin fin que, en las horas postreras, será nuestro destino por haberlo recorrido tantas veces. Sí, ángel mío, así es el día a día: tedioso, vacío y anegado en desdicha. Las calles del infierno no le son nada ajenas; uno acaba allí un buen día por haber permanecido en ese pasillo demasiado tiempo. De una pasillo a las calles: entonces acontece la caída, sin sacudidas ni sorpresas. Cada día volvemos a experimentar la tristeza del pasillo y, paso tras paso, seguimos el camino de nuestra lúgubre condena.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
Sí, ángel mío, sí que puedo. En las calles del infierno, bajo el diluvio, sin aliento y con el corazón en los labios, una tenue luz: son camelias.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
Y, de repente, caigo en la cuenta de que estoy sentada en mi cocina, en París, en ese otro mundo en cuyo seno he cavado mi pequeño nicho invisible y con el que me he guardado muy mucho de mezclarme, y que lloro a lágrima viva mientras una niña de mirada prodigiosamente cálida sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia con dulzura los dedos.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
De taciturna me convertí pues en clandestina.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
Pero ¿qué era lo magnífico? Yo no daba crédito: no era más que un capullo de rosa en el extremo de un tallo que acababa de caer sobre la encimera. ¿Entonces?
Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inmóvil, que había concluido su caída. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Oh, claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer con un movimiento grácil. Es tan artístico: ¡dan ganas de pintarlo una y otra vez!
La elegancia del erizo, Muriela Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
El movimiento, este fenómeno que uno cree que es algo espacial...
Pero al mirar este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la belleza.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Pero al mirar este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la belleza.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalitos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
La elegancia del erizo
En el calor de la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me había sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hacía meses. Sabía que una oleada inesperada de energía lo había hecho levantarse de la cama, le había dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de que una vez más compartiéramos ese placer conyugal, y sabía también que era señal de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero me importaba y sólo quería disfrutar de aquello, de esos instantes que le robábamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la mía y de las vibraciones de placer que nos recorrían a ambos porque, a Dios gracias, era una película cuyo sabor podíamos compartir.
Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semana más todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que narraba una historia.
Yo lo acepté.
La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semana más todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que narraba una historia.
Yo lo acepté.
La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
lunes, 12 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery.
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Muriel Barbery
sábado, 10 de diciembre de 2011
La elegancia del erizo
Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el "hacia".
La elegancia del erizo, Muriel Barbery,
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domingo, 4 de diciembre de 2011
Amante desatado
- No creo que pueda hacerlo. No creo que pueda vivir sin ella.
- ¿Acaso tienes alternativa?
"No - pensó V - Ninguna alternativa"
Pensándolo bien, esa palabra nunca debería aplicarse al destino de las personas. Nunca. La palabra 'alternativa' debía quedar relegada a la televisión y a las comedias.
- ¿Acaso tienes alternativa?
"No - pensó V - Ninguna alternativa"
Pensándolo bien, esa palabra nunca debería aplicarse al destino de las personas. Nunca. La palabra 'alternativa' debía quedar relegada a la televisión y a las comedias.
Amante desatado, J. R. Ward.
La huella de un beso
Kurt volvía a ser el mismo de siempre. Por la mañana temprano durmió muy profundamente. A media mañana durmió bastante profundamente. A mediodía disfrutó de un sueño profundo. A media tarde durmió bastante profundamente. Al anochecer durmió muy profundamente. Y entretanto, Max lo arrastró dos veces a la calle y una, con el hocico por delante, hasta el recipiente de la comida. Probablemente, logró introducir esas actividades en el sueño sin llegar a despertarse.
La huella de un beso, Daniel Glattauer.
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Daniel Glattauer,
La huella de un beso
The host
''Cuando inhalé aire otra vez, vi las estrellas de nuevo, pero no me llamaban, sino que me dejaron marchar hacia ese negro universo por el que había vagado durante tantas vidas. Me deslicé en la negrura y ésta se volvió más y más brillante. Ya no era negra, sino azul. De un cálido, vibrante y brillante azul. Me deslicé en él sin temor'' (Me gusta porque el color azul, es el color de los ojos de Ian, y por eso no tiene miedo de adentrarse en la oscuridad ''azul''.)
The host, Stephenie Meyer.
The host, Stephenie Meyer.
El chico que imitaba a Roberto Carlos
¿Os gusta ir por la calle, y sorprender a una chica mirándoos, y que se sonroje y aparte la vista? A mi sí, porque piensas que le gustas y te sientes elegido, distinto y privilegiado, sientes que la gente puede quererte y hacerte caso, y por un rato caminas más erguido y más alegre y optimista, hasta que ya ha pasado suficiente tiempo desde que la chica te ha mirado y se ha ruborizado, y entonces te deshinchas un poco y vuelves a andar normal, ni sacando pecho ni cabizbajo, como siempre, relajado.
El chico que imitaba a Roberto Carlos, Martín Casariego Córdoba.
El chico que imitaba a Roberto Carlos, Martín Casariego Córdoba.
Ángeles rebeldes
- En los libros, la verdad hace que todo sea bueno y agradable. La bondad prevalece. La maldad pierde. hay felicidad. Pero la vida no es así.
- No- le doy la razón-. Aquí la verdad sólo sirve para conocer las cosas.
Miramos el cielo y las nubes.
- ¿Por qué tenemos que preocuparnos tanto, entonces?- pregunta Ann.
- Porque la ilusión no dura siempre. Nadie tiene tanta magia.
Nos quedamos en silencio. Nadie se atreve a hacer una broma, a hablar de lo que nos ha sucedido o de lo que nos puede suceder. Estamos allí, juntas y en silencio. Y en ese momento entiendo que tengo amigas de verdad. Que algunas veces tu lugar no es algo que encuentras sino algo que tienes cuando necesitas.
Ángeles rebeldes, Libba Bray.
- No- le doy la razón-. Aquí la verdad sólo sirve para conocer las cosas.
Miramos el cielo y las nubes.
- ¿Por qué tenemos que preocuparnos tanto, entonces?- pregunta Ann.
- Porque la ilusión no dura siempre. Nadie tiene tanta magia.
Nos quedamos en silencio. Nadie se atreve a hacer una broma, a hablar de lo que nos ha sucedido o de lo que nos puede suceder. Estamos allí, juntas y en silencio. Y en ese momento entiendo que tengo amigas de verdad. Que algunas veces tu lugar no es algo que encuentras sino algo que tienes cuando necesitas.
Ángeles rebeldes, Libba Bray.
No es un crimen enamorarse
Ahora soy otro. He cambiado. Ya no tiemblo por dentro, como si tuviese un ataque de epilepsia, al cruzarme con ella en los pasillos, y alguna vez nos hemos saludado suavemente (cuando va con Ángela). Ya puedo verla casi con normalidad. Saber que no tiene por qué amarme, que ése es un tema archivado, me ha tranquilizado.
Sin embargo, creo que, en fondo, no lo he superado del todo. (No se lo digáis a nadie. Ni siquiera lo sabe Alberto).
Dicen que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen. A veces, he pasado por su calle, y sólo por saber que ella vive allí y que puedo encontrármela en cualquier momento, el corazón se me pone a latir más deprisa.
Es que para mí fue algo muy profundo, a pesar de que no salí con ella.
Quizás os parezca una tontería.
Sin embargo, creo que, en fondo, no lo he superado del todo. (No se lo digáis a nadie. Ni siquiera lo sabe Alberto).
Dicen que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen. A veces, he pasado por su calle, y sólo por saber que ella vive allí y que puedo encontrármela en cualquier momento, el corazón se me pone a latir más deprisa.
Es que para mí fue algo muy profundo, a pesar de que no salí con ella.
Quizás os parezca una tontería.
No es un crimen enamorarse, José María Plaza.
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José María Plaza,
No es un crimen enamorarse
La sombra del viento
- Mira que hay gente mala...
- Mala no; imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto, como bestia del establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por el color, por creencia, por idioma, por nacionalidad, o por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala de verdad y menos cazurros limítrofes.
La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
- Mala no; imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto, como bestia del establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por el color, por creencia, por idioma, por nacionalidad, o por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala de verdad y menos cazurros limítrofes.
La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
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Carlos Ruiz Zafón,
La sombra del viento
Lo que el viento se llevó
- Basta-dijo Scarlett de pronto.
- Comprendes lo que estaba diciendo ¿verdad?- preguntó poniéndose en pie.
-No-exclamó-. Lo único que sé es que no me quieres y que te marchas. ¡Oh, amor mío! Si tú te marchas, ¿qué va a ser de mí?
- Comprendes lo que estaba diciendo ¿verdad?- preguntó poniéndose en pie.
-No-exclamó-. Lo único que sé es que no me quieres y que te marchas. ¡Oh, amor mío! Si tú te marchas, ¿qué va a ser de mí?
Por un momento, Rhett vaciló como si se preguntase si no sería mejor una mentira piadosa que la verdad desnuda. Luego se encogió de hombros.
- Scarlett, nunca he sido de esas personas que recogen los pedazos rotos, los pegan y luego se dicen a sí mismos que el objeto compuesto está bien como el nuevo. Lo que está roto, roto está. Y prefiero recordarlo como fue a pegarlo y ver después las señales de la rotura durante toda mi vida. acaso, si yo fuera más joven...-Suspiró-. Pero soy demasiado viejo para creer en sentimentalismos, equivalentes a pasar una esponja y volver a empezar. Soy demasiado viejo para soportar la carga de mentiras corteses, que nacen de vivir en continua desilusión. No podría vivir contigo y mentirte, y mucho menos podría mentirme a mí mismo. Quisiera que me pudiese importar adónde vas o lo que quieres. Pero no puedo.
- Scarlett, nunca he sido de esas personas que recogen los pedazos rotos, los pegan y luego se dicen a sí mismos que el objeto compuesto está bien como el nuevo. Lo que está roto, roto está. Y prefiero recordarlo como fue a pegarlo y ver después las señales de la rotura durante toda mi vida. acaso, si yo fuera más joven...-Suspiró-. Pero soy demasiado viejo para creer en sentimentalismos, equivalentes a pasar una esponja y volver a empezar. Soy demasiado viejo para soportar la carga de mentiras corteses, que nacen de vivir en continua desilusión. No podría vivir contigo y mentirte, y mucho menos podría mentirme a mí mismo. Quisiera que me pudiese importar adónde vas o lo que quieres. Pero no puedo.
Lanzó un suspiro y añadió con suave indiferencia.
- Querida mía, me importa un comino.
- Querida mía, me importa un comino.
Lo que el viento se llevó, Margaret Mitchell.
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Lo que el viento se llevó,
Margaret Mitchell
La orden de la academia Spence
- Ah..., esta 'gachí' es tuya. Disculpa, amigo.
Kartik se ríe.
- No es... - Se interrumpe-. Sí, es mía.
Me coge de la mano y me aparta del círculo.
Nos sigue un coro de silbidos y ovaciones. Otra mano me coge de la muñeca libre. Es del chico de la nariz grande que he visto antes.
- ¿Como sabemos que es tuya? No parece muy dispuesta - bromea -. A lo mejor me prefiere a mí.
Kartik vacila, lo suficiente para provocar parcas risas de sospecha entre los hombres. El otro muchacho me tiene cogida con fuerza y noto el miedo, frío y metálico, en la boca. No hay tiempo para recatos. Aquí no sirve la razón. Sin previo aviso, beso a Kartik. Sus labios, apretados contra los míos, me sorprende. Son cálidos, ligeros como el aliento, firmes como la piel de un melocotón contra mi boca. Un olor a canela quemada pende en el aire, pero no estoy teniendo una visión. Es su olor, que me ha impregnado. Un olor que me contrae el estómago. Un olor que aleja de mi cabeza todo pensamiento y lo sustituye por una irresistible sed de más.
La lengua de Kartik se desliza un momento entre mis labios, y me crispo. Me aparto, sin aliento, ruborizada. No puedo mirar a nadie; y menos a Felicity y a Ann. ¿Y ahora qué pensarán de mí? ¿Qué pensarían si supieran lo mucho que me ha gustado? ¿Qué clase de chica soy que disfruto con un beso que he dado con tal descaro, sin esperar a que me lo pidieran, como habría sido lo correcto?
Un hombre fornido se echa a reír.
- ¡Ya veo que es tuya!
- Sí - dice Kartik con voz ronca.
Kartik se ríe.
- No es... - Se interrumpe-. Sí, es mía.
Me coge de la mano y me aparta del círculo.
Nos sigue un coro de silbidos y ovaciones. Otra mano me coge de la muñeca libre. Es del chico de la nariz grande que he visto antes.
- ¿Como sabemos que es tuya? No parece muy dispuesta - bromea -. A lo mejor me prefiere a mí.
Kartik vacila, lo suficiente para provocar parcas risas de sospecha entre los hombres. El otro muchacho me tiene cogida con fuerza y noto el miedo, frío y metálico, en la boca. No hay tiempo para recatos. Aquí no sirve la razón. Sin previo aviso, beso a Kartik. Sus labios, apretados contra los míos, me sorprende. Son cálidos, ligeros como el aliento, firmes como la piel de un melocotón contra mi boca. Un olor a canela quemada pende en el aire, pero no estoy teniendo una visión. Es su olor, que me ha impregnado. Un olor que me contrae el estómago. Un olor que aleja de mi cabeza todo pensamiento y lo sustituye por una irresistible sed de más.
La lengua de Kartik se desliza un momento entre mis labios, y me crispo. Me aparto, sin aliento, ruborizada. No puedo mirar a nadie; y menos a Felicity y a Ann. ¿Y ahora qué pensarán de mí? ¿Qué pensarían si supieran lo mucho que me ha gustado? ¿Qué clase de chica soy que disfruto con un beso que he dado con tal descaro, sin esperar a que me lo pidieran, como habría sido lo correcto?
Un hombre fornido se echa a reír.
- ¡Ya veo que es tuya!
- Sí - dice Kartik con voz ronca.
La orden de la academia Spence, Libba Bray.
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La orden de la academia Spence,
Libba Bray
Amante oscuro
De repente, sintió que un dolor sordo se instalaba en su corazón. Y no era a causa de la dureza que estaba mostrando con ella, sino porque se sentía defraudada. Realmente, había deseado que fuera diferente a lo que, en aquel momento, aparentaba. Había querido creer que aquellos arrebatos de calidez que le había mostrado formaban parte de él en la misma medida que su lado violento.
Puso su mano sobre el pecho, intentando alejar aquel dolor.
- Quisiera marcharme, si no te importa.
Un largo silencio se abrió paso entre ellos.
- Ah, diablos... - murmuró él, respirando lentamente -. Esto no está bien.
- No, no lo está.
- Pensé que te merecías... No sé. Una cita. O algo..., algo normal - Se rió con rudeza mientras ella lo miraba con sorpresa -. Una idea estúpida. Ya lo sé. Debería dedicarme a aquello en lo que soy experto. Estaría más cómodo enseñándote a matar.
Bajo su feroz orgullo, ella vislumbró que, en el fondo, había algo más. ¿Inseguridad? No, no era eso. Con él se trataría, naturalmente, de algo más intenso.
Autodesprecio.
Puso su mano sobre el pecho, intentando alejar aquel dolor.
- Quisiera marcharme, si no te importa.
Un largo silencio se abrió paso entre ellos.
- Ah, diablos... - murmuró él, respirando lentamente -. Esto no está bien.
- No, no lo está.
- Pensé que te merecías... No sé. Una cita. O algo..., algo normal - Se rió con rudeza mientras ella lo miraba con sorpresa -. Una idea estúpida. Ya lo sé. Debería dedicarme a aquello en lo que soy experto. Estaría más cómodo enseñándote a matar.
Bajo su feroz orgullo, ella vislumbró que, en el fondo, había algo más. ¿Inseguridad? No, no era eso. Con él se trataría, naturalmente, de algo más intenso.
Autodesprecio.
Amante oscuro, J. R. Ward.
Amante eterno
Zsadist estaba sentado en la cama, con los anchos hombros echados hacia delante y los brazos cruzados alrededor de la cintura. Inclinado sobre el cuerpo durmiente de Rhage, permanecía tan cerca de él como era posible sin tocarlo. Se mecía adelante y atrás, y entonaba tenuemente una alegre canción.
El vampiro cantaba, su voz subía y bajaba, emitía octavas, se remontaba a las alturas y descendía a las profundidades. Hermosa. Absolutamente hermosa. Y Rhage estaba relajado, descansando con gesto pacífico como antes no había podido hacerlo.
Mary cruzó la habitación con rapidez y salió al pasillo, dejando solos a los dos hombres. A los dos vampiros.
El vampiro cantaba, su voz subía y bajaba, emitía octavas, se remontaba a las alturas y descendía a las profundidades. Hermosa. Absolutamente hermosa. Y Rhage estaba relajado, descansando con gesto pacífico como antes no había podido hacerlo.
Mary cruzó la habitación con rapidez y salió al pasillo, dejando solos a los dos hombres. A los dos vampiros.
Amante eterno, J. R. Ward.
Orgullo y prejuicio
Es una verdad mundialmente conocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.
Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
Romeo y Julieta
¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas del nombre de tu padre y de tu madre? Y si no tienes valor para tanto, ámame, y no me tendré por Capuleto.
Romeo y Julieta, William Shakespeare.
Romeo y Julieta, William Shakespeare.
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William Shakespeare
Los diarios de Carrie
Sin embargo, cada vez que me siento mal intento recordar lo que aquella niñita me dijo una vez. Tenía una personalidad increíble... y era tan fea que resultaba hasta mona. Y era evidente que ella lo sabía también.
- ¿Carrie? - preguntó - ¿Y si yo fuera una princesa en otro planeta y nadie de este mundo lo supiera?
Todavía ahora esa pregunta me desconcierta. Porque ¿acaso no es cierto? Seamos quien seamos, podríamos ser las princesas de algún otro lugar. O escritoras. O científicas. O presidentas. O cualquier otra cosa que queramos ser, aunque todos los demás no estén de acuerdo.
Los diarios de Carrie, Candace Bushnell.
- ¿Carrie? - preguntó - ¿Y si yo fuera una princesa en otro planeta y nadie de este mundo lo supiera?
Todavía ahora esa pregunta me desconcierta. Porque ¿acaso no es cierto? Seamos quien seamos, podríamos ser las princesas de algún otro lugar. O escritoras. O científicas. O presidentas. O cualquier otra cosa que queramos ser, aunque todos los demás no estén de acuerdo.
Los diarios de Carrie, Candace Bushnell.
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Los diarios de Carrie
El chico que imitaba a Roberto Carlos
- Todo va a ir bien, ¿qué te apuestas? Todo. Así que como te vuelvas a desanimar por cuatro pijadas, mejor que no me entere, porque te pongo las pilas. No olvides que lo penúltimo que se pierde es la esperanza.
- ¿No es lo último?
- No, lo penúltimo.
-¿Y qué es lo último?
- La vida
El chico que imitaba a Roberto Carlos, Martín Casariego Córdoba.
- ¿No es lo último?
- No, lo penúltimo.
-¿Y qué es lo último?
- La vida
El chico que imitaba a Roberto Carlos, Martín Casariego Córdoba.
Amante despierto
Se encogió de hombros.
- Estar entre la espada y la pared es horrible. No te preocupes.
Amante despierto, J. R. Ward.
- Estar entre la espada y la pared es horrible. No te preocupes.
Amante despierto, J. R. Ward.
Alicia en el país de las maravillas
- ¿Podrías decirme, por favor, cuál es el camino para salir de aquí?
- Eso depende mucho de adónde quieras ir.
- No me importa mucho adónde...
- Entonces, tampoco importa qué camino sigas.
- ... siempre que vaya a algún sitio.
- ¡Ah, seguro que así es , si andas lo suficiente!
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol.
- Eso depende mucho de adónde quieras ir.
- No me importa mucho adónde...
- Entonces, tampoco importa qué camino sigas.
- ... siempre que vaya a algún sitio.
- ¡Ah, seguro que así es , si andas lo suficiente!
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol.
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Micro relato
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Micro relato de Augusto Monterroso.
Micro relato de Augusto Monterroso.
Alicia en el país de las maravillas
—¿Qué clase de gente vive por aquí?
—En esta dirección — dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha — vive un Sombrerero. Y en esta dirección — e hizo un gesto con la otra pata— vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.
—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca —protestó Alicia.
—Oh, eso no lo puedes evitar —repuso el Gato—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
—¿Cómo sabes que yo estoy loca? —preguntó Alicia.
—Tienes que estarlo — afirmó el Gato—, o no habrías venido aquí.
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas: —¿Y cómo sabes que tú estás loco?
—Para empezar —repuso el Gato—, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
—Supongo que sí —concedió Alicia.
—Muy bien. Pues en tal caso —siguió su razonamiento el Gato—, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
—A eso yo le llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia.
—Llámalo como quieras.
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol.
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Lewis Carrol
Los diarios de Carrie
El truco para ser una Abeja Reina no es necesariamente la belleza, sino el afán. La belleza ayuda, pero sin la ambición de llegar arriba y quedarse allí, la belleza solo te convertirá en una Abeja Dama de Honor.
Los diarios de Carrie, Candace Bushnell.
Los diarios de Carrie, Candace Bushnell.
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Amante confeso
La carretera puede alcanzarte. El viento siempre puede estar a tu espalda. El sol puede brillar y calentar tu cara y la lluvia caerá suavemente sobre tus campos.
Amante confeso, J. R. Ward.
Amante confeso, J. R. Ward.
Fenris, el elfo
Que los lobos aúllen por vosotros las noches de luna llena.
Fenris, el elfo, Laura Gallego.
Fenris, el elfo, Laura Gallego.
Corazón de tinta
Bailarín del fuego: Titiritero, tragafuego, caminante entre los mundos.
Corazón de tinta, Cornelia Funke.
Corazón de tinta, Cornelia Funke.
La princesa prometida
Sostuvo en alto el libro.
- Te lo leeré en alto. Como distracción.
- ¿En él también hay deporte?
- Esgrima. Luchas. Tortura. Veneno. Amor verdadero. Odio. Venganza. Gigantes. Cazadores. Malas personas. Buenas personas. Mujeres bellísimas. Serpientes. Arañas. Dolores. Muerte. Hombres valientes. Hombres cobardes. Hombres fuertes como osos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasiones. Milagros.
- Suena bien - repliqué.
La princesa prometida, William Goldman.
- Te lo leeré en alto. Como distracción.
- ¿En él también hay deporte?
- Esgrima. Luchas. Tortura. Veneno. Amor verdadero. Odio. Venganza. Gigantes. Cazadores. Malas personas. Buenas personas. Mujeres bellísimas. Serpientes. Arañas. Dolores. Muerte. Hombres valientes. Hombres cobardes. Hombres fuertes como osos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasiones. Milagros.
- Suena bien - repliqué.
La princesa prometida, William Goldman.
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William Goldman
Amante consagrado
- Supongo que esto es lo mejor - dijo Blay contra su hombro -. No sabes cocinar.
- ¿Lo ves? No soy un príncipe azul.
Qhuinn podría haber jurado que Blay susurró "Sí, sí lo eres" pero no estaba del todo seguro.
Amante consagrado, J. R. Ward.
- ¿Lo ves? No soy un príncipe azul.
Qhuinn podría haber jurado que Blay susurró "Sí, sí lo eres" pero no estaba del todo seguro.
Amante consagrado, J. R. Ward.
La ladrona de libros
Un secreto compartido con una silenciosa sonrisa.
La ladrona de libros, Markus Susak.
La ladrona de libros, Markus Susak.
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La ladrona de libros,
Markus Zusak.
El retrato de Dorian Gray
He aprendido a amar el secreto. Parece ser la única cosa que puede hacernos la vida moderna, misteriosa o maravillosa. La cosa más vulgar nos parece deliciosa si alguien nos la oculta.
El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
La ladrona de libros
Esa noche la luna estaba zurcida al cielo, con puntadas de nube alrededor.
La ladrona de libros, Markus Zusak.
La ladrona de libros, Markus Zusak.
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Dulce y lejano
Un erizo sale huyendo de detrás de un arbusto, dándome un buen sobresalto. Pasa como una flecha delante de nosotros, parece tener mucha prisa. Kartik hace un gesto de asentimiento hacia esa cosa peluda.
- No te preocupes por él. Ha salido para encontrase con su enamorada.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque lleva puesto su mejor traje de erizo.
- Ah, debería de haberme fijado - respondo, contenta de poder jugar a ese juego, a cualquier juego con él. Pongo una mano en el tronco de un árbol y doy la vuelta a su alrededor lentamente, dejando que mi cuerpo sienta el peso de la gravedad -. ¿Y por qué se ha puesto su mejor traje?
- Ha estado de viaje en Londres, ¿sabes?, y ahora ha vuelto para verla - continúa Kartik.
- ¿Y si ella está enfadada con él por haberla dejado sola durante tanto tiempo?
Kartik da vueltas detrás de mí.
- Ella le perdonará.
- ¿Ah, sí? - pregunto con mordacidad.
- Eso espera él, puesto que no era su deseo ofenderla - responde Kartik.
Ya no estoy segura de que estemos hablando del erizo.
- No te preocupes por él. Ha salido para encontrase con su enamorada.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque lleva puesto su mejor traje de erizo.
- Ah, debería de haberme fijado - respondo, contenta de poder jugar a ese juego, a cualquier juego con él. Pongo una mano en el tronco de un árbol y doy la vuelta a su alrededor lentamente, dejando que mi cuerpo sienta el peso de la gravedad -. ¿Y por qué se ha puesto su mejor traje?
- Ha estado de viaje en Londres, ¿sabes?, y ahora ha vuelto para verla - continúa Kartik.
- ¿Y si ella está enfadada con él por haberla dejado sola durante tanto tiempo?
Kartik da vueltas detrás de mí.
- Ella le perdonará.
- ¿Ah, sí? - pregunto con mordacidad.
- Eso espera él, puesto que no era su deseo ofenderla - responde Kartik.
Ya no estoy segura de que estemos hablando del erizo.
Dulce y lejano, Libba Bray.
El retrato de Dorian Gray
Empezó a soñar sobre aquellos versos que dibujan musicalmente un mármol manchado de besos.
El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
El principito
Creo que el principito aprovechó una migración de pájaros silvestres para evadirse.
El principito, Antoine de Saint-Exupéry.
El principito, Antoine de Saint-Exupéry.
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Quinta avenida
¿Por qué la vida no debería ser más fácil si puede serlo? Acepta lo bueno y al cuerno todo lo demás.
Quinta avenida, Candace Bushnell
Quinta avenida, Candace Bushnell
Los ojos amarillos de los cocodrilos
Necesitaba llorar. No sabía por qué. Tenía demasiadas buenas razones. Ésta serviría. Buscó un trapo con la mirada, lo cogió y lo comprimió contra la herida.Me voy a convertir en fuente, en fuente de lágrimas, fuente de sangre, de suspiros...
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
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Los ojos amarillos de los cocodrilos
Los ojos amarillos de los cocodrilos
Fuerza misteriosa que hay detrás de cada cosa.
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
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Los ojos amarillos de los cocodrilos
La bailarina y el inglés
La lectura es la gimnasia del cerebro. El faro que alumbra el camino hasta el puerto de la razón. Un libro es, ante todo, una brújula que evita que nos desorientemos en el vasto territorio de la vida.
La bailarina y el inglés, Emilio Calderón.
La bailarina y el inglés, Emilio Calderón.
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El niño del pijama de rayas
Pero mientras lo pensaba, sus piernas, que no paraban de moverse, lo iban acercando más y más a aquel punto, que entretanto se había convertido en una manchita y empezaba a dar muestras de convertirse en un borrón. Y poco después el borrón se convirtió en una figura. Y entonces, a medida que Bruno se acercaba más, vio que aquella cosa no era ni un punto ni una manchita ni un borrón ni una figura, sino una persona.
Y que aquella persona era un niño.
El niño del pijama de rayas, John Boyne.
Y que aquella persona era un niño.
El niño del pijama de rayas, John Boyne.
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John Boyne
Los ojos amarillos de los cocodrilos
- ¿Qué es el deseo, mamá?
- Es cuando se está enamorado de alguien, cuando se tienen muchas ganas de besarle pero se espera, se espera, y toda esa espera es el deseo. Cuando no le has besado aún, cuando sueñas con él al dormirte, cuando te imaginas, cuando tiemblas imaginándote, y, es tan agradable todo ese tiempo en el que dices que, quizás, quizás le vas a besar pero no estás segura...
- Entonces te pones triste.
- No. Esperas, el corazón se llena con esa espera... y el día en que te besa... Entonces es como los fuegos artificiales en tu corazón, en toda tu cabeza, te dan ganas de cantar, de bailar y te enamoras.
- ¿Entonces ya estoy enamorada?
- Todavía eres pequeñas, tienes que esperar...
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
- Es cuando se está enamorado de alguien, cuando se tienen muchas ganas de besarle pero se espera, se espera, y toda esa espera es el deseo. Cuando no le has besado aún, cuando sueñas con él al dormirte, cuando te imaginas, cuando tiemblas imaginándote, y, es tan agradable todo ese tiempo en el que dices que, quizás, quizás le vas a besar pero no estás segura...
- Entonces te pones triste.
- No. Esperas, el corazón se llena con esa espera... y el día en que te besa... Entonces es como los fuegos artificiales en tu corazón, en toda tu cabeza, te dan ganas de cantar, de bailar y te enamoras.
- ¿Entonces ya estoy enamorada?
- Todavía eres pequeñas, tienes que esperar...
Los ojos amarillos de los cocodrilos, Katherine Pancol.
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Los ojos amarillos de los cocodrilos
Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero
El amor es una estupidez, lo tengo comprobadísimo. Vuelve a la gente medio estúpida y le cambia el carácter, y a lo mejor le hace más feliz, vale, pero eso no cambia nada, y por descontado que a los que ya son estúpidos no los vuelve inteligentes. Cuando voy por la calle y veo a alguien con una sonrisa bobalicona, pienso, ese tío debe de ser tonto de remate, pero a veces, cuando estoy en plan indulgente, añado para mis adentros: o estar enamorado de remate. Las declaraciones de guerra son aún peores que las declaraciones de amor, de acuerdo, pero eso no quita para que las de amor sean una estupidez. Además, las declaraciones de amor pueden acabar en guerra declarada o sin declarar.
Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, Martín Casariego Córdoba.
Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, Martín Casariego Córdoba.
La mecánica del corazón
¡Soy la tortuga más firme del mundo! Me marcho a devorar la luna como un crep fosforescente.
La mecánica del corazón, Mathias Malzieu.
La mecánica del corazón, Mathias Malzieu.
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La ladrona de libros
Las llamas anaranjadas saludaban a la multitud mientras el papel y las letras impresas se consumían en su interior. Palabras en llamas arrancadas de sus frases.
La ladrona de libros, Markus Zusak.
La ladrona de libros, Markus Zusak.
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Drácula
- - Doctor, usted que se porta tan bien conmigo, ¿por qué no me trae un poco más de azúcar? Me irá muy bien.
- - ¿Para las moscas? - le pregunté.
- - Sí, a mis moscas les encantan el azúcar, y como a mí me encantan ellas, también me encanta el azúcar.
- Para que después afirmen que los locos no son capaces de razonar. Le di doble ración y quedó más contento que un niño.
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